CAPITÁN BADO

Después del desastre de Tuyutí, la situación del ejército paraguayo era desesperante. Había sido despedazado, y el enemigo aumentaba cada día su poder.

Solano López no podía adivinar que había obtenido una espléndida victoria moral. No sabía que el enemigo estaba acobardado, atacado de parálisis, tembloroso en sus posiciones. Esperaba la prosecución de la ofensiva, el avance del invasor.

¿Cómo detenerlo?

Fue menester una voluntad muy grande para no darse por vencido. Y la voluntad del generalísimo paraguayo era todopoderosa. Agréguese a esto una actividad infatigable, y se tendrá la explicación de todos los milagros realizados en el curso de una guerra de más de cinco años.

Ante el peligro, pues, no desmayó. Lejos de esto, se multiplicó para terminar el gran cuadrilátero y para reorganizar rápidamente nuestros ejércitos.

Pero había que estar alerta. El enemigo tenía que ser vigilado, día y noche, en sus más mínimos movimientos. Debía sorprenderse, si era posible, hasta sus más secretas intenciones. El era el alma de la patria… pero ésta necesitaba tener, a más de alma y brazos, ojos escudriñadores y oídos perspicaces. Y el Mariscal, que tenía la virtud de adivinar a sus hombres, adivinó al que le hacía falta en aquellos momentos.

En medio de la febril actividad en que vivía tuvo tiempo para visitar los cuerpos raleados, interrogar a la tropa y buscar a su héroe. Y en lino de los regimientos de caballería dio con él. Era un mocetón ñeembuqueño, alto, delgado, de tez blanca y grandes ojos pardos. Había nacido en los campos de Guazu Cuá, era consumado jinete, poseía una audacia inmensa y una fuerza colosal. Simple cabo, se había hecho notar como incomparable tronchador de cabezas. Ya se hablaba de sus hazañas en las avanzadas, de sus misteriosas excursiones, sus salidas nocturnas y sus vueltas triunfales. Era, en una palabra, el hombre que al Mariscal López faltaba. Se llamaba JOSÉ MATÍAS BADO.

Llamado al cuartel general, recibió las instrucciones del caso. Y se puso enseguida en movimiento, luciendo su flamante gineta de sargento. Era en junio de 1866. Hacía un frío insufrible. Caían unas heladas crueles. Pero esto favorecía los planes de Bado, quien escogió siete compañeros, instruyéndolos con sumo cuidado. Todas las noches debía visitar el campamento enemigo, trayendo pruebas materiales de sus proezas. No bastaría que dijese, por ejemplo, que había llegado a la carpa de Mitre, tenía que probarlo. Este era su compromiso…

Y empezaron sus operaciones.

Al frente de sus siete compañeros, avanzó hacia las líneas brasileñas. Entró en la selva del Sauce, salió en el Potrero de Piris y se dirigió a la retaguardia de Tuyutí.

Era más de media noche. El viento del Sur cortaba.

Los expedicionarios se agazaparon en una picada, tratando de orientarse. Y, luego después, se arrastraron hacia donde habían oído un leve murmullo.

Eran dos centinelas brasileños que distraían el sueño hablando en la oscuridad.

Bado dijo a los suyos algunas palabras en voz baja. Reinó después un corto silencio. Al cabo de algunos minutos se pudo oír entre los vagos rumores de la noche algo como un jadeo, ruido de dos cuerpos que caían, después nada.

Algunas horas más tarde llegaba Bado al primer puesto avanzado de nuestras líneas, conduciendo dos robustos soldados imperiales, atados desde los pies hasta la cabeza, como dos extraños rollos de tabaco negro…

Al día siguiente fue repartido el botín entre los ocho héroes de la jornada.

Y los dos prisioneros cantaron claro todo lo que sabían.

La continua desaparición de los centinelas alarmó al enemigo, que tomó sus precauciones. Pero Bado tomó también las suyas. En las siguientes excursiones, no solo se cubrió los pies con una espesa capa de cerda, sino que se vistió con hojas de palma, como para que le confundieran con los innumerables yataís que pueblan aquellas regiones. Y los centinelas siguieron cayendo. Antes del alborear estaba, indefectiblemente, de vuelta, con la presa habitual.

Algunas veces los centinelas enemigos tenían tiempo de defenderse, daban gritos y hasta llegaban a ir en su socorro. Pero esto entraba desde ya en el programa. En ese caso dos o tres compañeros se encargaban de reducirle, atarle y llevarle, mientras los otros hacían fuego sobre los que llegaban. Después se arrojaban al estero y desaparecían.

Solía, también, operar a caballo, en pleno día. Para esto tomaba un animal educado a propósito. Y, sin freno ni silla, se dirigía hacia uno de esos soldados destacados de las líneas enemigas, sobre los pasos del Bellaco. Echado a un costado de su caballo, colgado de una pierna, se aproximaba lentamente, en medio del alto y espeso pajonal, sin llamar la atención de nadie. Y, de pronto, se lanzaba en una vertiginosa carrera, cogiendo al enemigo por el cuello o por el brazo, y arrastrándolo hacia nuestras posiciones. Parece esto inverosímil, y he aquí uno de los hechos más reales de nuestra fantástica guerra. Esta hazaña fue repetida por el Coronel Meza y otros jinetes de nuestro ejército.

Pero aquí no termina la audacia de Bado.

A veces se internaba, completamente solo, en el campamento de los aliados. Y vestido con el uniforme de una de sus víctimas, se paseaba tranquilamente por todo Tuyutí, tomando buena nota de las obras de defensa y de todas las novedades del campamento. Y para convencer al superior de la veracidad de sus noticias, se insinuaba en el cuartel general, con su cara tiznada de negro, con el cuello del capote levantado y el kepí metido hasta las cejas, no despertando sospechas, oyendo lo que se hablaba y ocultando en sus bolsillos lo que encontraba a mano. Así solía llegar hasta Itapirú, donde frecuentaba el comercio, departiendo con las gentes más noveleras e imprudentes, que comentaban a voz en cuello el último episodio, las noticias recién llegadas, los proyectos militares que se maduraban, las intimidades e intrigas de los invasores.

De estas excursiones regresaba lleno de informaciones, trayendo diarios y tal cual papel pescado en esta o en aquella carpa, mientras sus dueños dormían o estaban ausentes.

En esta forma nada ignorábamos.

La llegada del famoso globo de Caxias se supo mucho antes en nuestras líneas. Igualmente se supo la llegada de la división de Porto Alegre y la próxima ofensiva sobre Curuzú y Curupayty.

Los diarios del Plata solían comentar lo bien informado que estaba Solano López…

«El Semanario» de Asunción, en efecto, tenía en Bado un corresponsal sin precedentes, que se adelantó a Marconi en eso de las comunicaciones inalámbricas. Gracias a él, publicaba lo que pasaba en el mundo, pudiendo decirse que estábamos tan informados de todo como los mismos aliados.

Pero este hombre astuto, inteligente y audaz, era también un héroe extraordinario. Para probarlo nos bastaría pintar su muerte, episodio el más épico de nuestra épica historia. Pero, antes de hacerlo, queremos insistir en uno de sus rasgos característicos, en su fuerza colosal.

No era robusto, era más bien delgado. Pero era todo músculos, vale decir, todo energía.

Ya capitán y jefe de los renombrados aca-mototí, solía adiestrar a su gente en el arte de tronchar cabezas. Para él ser un buen sableador quería decir ser capaz de saltar de un mandoblazo una cabeza. Los enormes corbos debían segar al enemigo con limpieza. Sus soldados debían poner cierta elegancia en la terrible operación. Y era de ver -dicen sus contemporáneos- cómo se lanzaba a la cabeza de su escuadrón, agitando en alto su filosa espada y cómo arremetía el primero, sin medir el peligro, ¡decapitando a cuantos encontraba a su paso, con un refinado arte!

Claro está que la fama de Bado llenó el país. Se contaban de él las historias más maravillosas. El enemigo temblaba al solo eco de su nombre. Se decía que era invulnerable, que los proyectiles se embotaban en sus carnes sin herirle. Era el Aquiles de la nueva Iliada, la renovación del viejo mito de la Epopeya homérica.

¡Y, sin embargo, murió Capitán!

¿Cómo explicar este hecho?

No era que el Mariscal López desconociera sus méritos, era que los reconocía demasiado.

Su puesto estaba al frente de su escuadrón famoso. Era el primer guerrillero de nuestro ejército y su misión estaba indicada en la vanguardia. Nadie podía reemplazarle. Por eso el Presidente paraguayo dijo una vez que Bado sería general, pero al terminar la guerra, y que entonces no sería otro el que entraría a su lado en Asunción.

Desgraciadamente, no verían sus ojos el día de la apoteosis. Estaban contadas las horas de su vida.

Cuando nuestro ejército se retiró hacia Pikysyry, Bado quedó al frente de 200 hombres, sobre el paso del arroyo Yacaré, como avanzada del reducto que defendía el paso del Tebicuary.

El 28 de agosto de 1868 fue atacado por la vanguardia del ejército aliado en marcha. Ante la noticia de que iban a habérselas con Bado, los imperiales perdieron los estribos, disponiendo el ataque como si se tratase de un poderoso enemigo.

El Barón del Triunfo (el «Murat brasileño») avanzó por el frente con la 3ª, 8ª y 11ª brigadas de caballería. El mayor Fernández de Oliveira vadeó el arroyo con un escuadrón de tiradores y lanceros, para caer sobre su retaguardia. Y a todas esas fuerzas se agregó después el coronel Niedeauter, acaudillando un regimiento de caballería…

¡Todo contra los 200 aca-morotí del valeroso capitán Bado!

Pero aquel despliegue de fuerzas no amedrentó al sereno guerrillero. La primera y segunda carga de los regimientos del Barón del Triunfo fueron rechazadas. Y cuando se sintió amenazado por uno de sus flancos y por atrás, hizo un hábil movimiento, replegándose tranquilamente al reducto del Tebicuary.

Los brasileños quedaron con la boca abierta, viendo cómo se les escapaba, cuando ya lo creían irremediablemente perdido.

Se aproximaba el instante supremo del héroe.

En el pequeño reducto no había, en total, sino doscientos hombres. El jefe de la posición era el mayor Miguel Rojas, siendo Bado su segundo.

Pronto llegaron los imperiales, extendiendo su línea de asedio. El 30 de agosto comenzó el asalto, después de un furioso bombardeo. Miles de enemigos, en compacta columna se precipitaron sobre los paraguayos. No vamos a dar detalles de esta acción. Y corremos al desenlace de la tragedia. Cuando Bado lo vio todo perdido, ordenó la retirada, lanzándose los soldados al río y ganando a nado la opuesta orilla. Entre tanto él, con un puñado de compañeros, defendía la posición, rechazando los asaltos y sosteniéndose bajo un diluvio de fuego.

Rojas había caído y casi todos estaban heridos. El mismo Bado hacía un enorme esfuerzo para mantenerse en pie, casi exangüe y ahogado por la fatiga… Por fin callaron nuestros cañones y el enemigo entró triunfante en el reducto. Y allí estaba Bado, sobre un tendal de muertos, apoyado en un cañón desmontado, negro de humo, con la ropa empapada en sangre.

Aún vivía. Sus ojos resplandecían, iluminados por un fulgor extraño.

Los brasileños se aproximaron a él con religioso respeto. Y lo miraban, llenos de asombro, sin acabar de creer la realidad que contemplaban. Bado había llegado a tomar contornos mitológicos. Había algo de brujería en sus proezas. Se le tenía por un ser sobrenatural.

Pronto cundió la noticia. Y era de ver cómo llegaban los negros, llenos de superstición, a examinarle. Todos querían mojar sus pañuelos en su sangre, para llevarla sobre el pecho como un amuleto que les infundiría coraje y les defendería del peligro. Pero, sobre todo, querían verle, querían conocerle, medir sus proporciones, examinar su brazo…

Felizmente para Bado, un largo desmayo le libró de presenciar esta estúpida novelería.

Cuando volvió en sí estaba bajo una capa, bien curado, lleno de vendajes.

Y un oficial se acercó a decirle que sus compatriotas de la Legión venían a visitarle.

«No quiero verles», fue la respuesta de Bado.

Pero éstos le traían un regalo y se empeñaban en entregarle. Habían hecho una contribución, reuniendo una buena cantidad de libras esterlinas. A pesar de todo, participaban de la admiración general y se sentían orgullosos de su gloria. Y no veían mejor manera de tributarle un homenaje que yendo a visitarle para ofrecerle aquella dádiva generosa.

Bado tuvo que verlos llegar, por último. Y una inmensa ira le agitó cuando empezaron a hablarle, a él, que era la lealtad en persona, aquellos cínicos traidores.

Fue aquel el momento más angustioso de su vida. Fue aquella la última copa de amargura apurada en su agonía.

¡No, no quería verles!

¡No, no quería oírles!

Y cuando le alargaron la bolsa resonante, rechazó aquellas monedas impregnadas de infamia. No las quería «porque le quemarían las manos»‘.

Y no habló más. Aquella misma noche se arrancó las vendas y se desgarró las heridas, muriendo en silencio, sin proferir una queja.

Prefería la muerte a continuar prisionero.